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¡EL FRACASO ESCOLAR NO ES UNA FATALIDAD!
Évelyne Dauchez profesora de francés
Graves lagunas...
Trimestre lamentable.... ningún trabajo... Resultados catastróficos... No se puede pensar en el paso al curso superior ¡Cuántas veces habré leído, consternada, estos comentarios explosivos antes de poner mi propio comentario en el boletín trimestral! ¡Ah, estos finales de trimestre, estos penosos consejos de estudios, reuniones de profesores desanimados, amargados, despreciativos! Despreciativos y que no dudan en lanzar anatemas reiterados y destructores a los alumnos revoltosos y a los padres abrumados. Pero el drama está en el otro lado, el lado de los alumnos y de los padres. El trastorno de las madres, la cólera de los padres y el fracaso de los niños. El círculo maldito no termina nunca de estrecharse alrededor del niño o del adolescente acosado, rechazado, juzgado y condenado. Me sentía dispuesto a hacerlo todo lo mal que se esperaba de mí, escribía Chateaubriand, el niño terrible y maltratado, el granuja lloriqueante y risueño que frecuentaba las calles de Saint-Malo. ¡A ver! ¿Tienen otra solución que despreciar este mundo que los desprecia, que denigrar esta autoridad que los denigra, que desinteresarse por este saber imposible de alcanzar, estos niños en apuros? Todavía los veo delante de mí... 30 o 35 rostros atentos, esos rostros de duros que tienen el mundo entero en el corazón, esos rostros de duros que tienen miedo. Unas palabras mágicas, una sonrisa, una broma, una mirada afectuosa y aquí están, todos, listos para trabajar, listos para dar el callo como ellos dicen. ¡Ésa es toda la esperanza que necesitan! La esperanza de ser mayores algún día, de poseer el control, de saber. ¡Si, lo juro, no piden otra cosa que creer en ello! Durante años, he echado pestes contra un sistema pedagógico devastador, que pisotea el oro más puro, las fuerzas vivas de la juventud. He hecho lo que he podido en este sistema, pero estaba sola y prisionera de los programas y el empleo del tiempo, y no podía hacer milagros. No obstante, he visto a muchos alumnos trabajar incansablemente para llenar sus lagunas sobre todo en ortografía, esta gran enfermedad de fin de siglo y me sentía impotente ante sus bloqueos, su «dislexia», estas lagunas que arrastrarían durante toda su vida: ¡el amor no lo puede todo cuando falta el tiempo! ¡Ah! ¡La ortografía, qué monstruo temible para nuestros devoradores de imágenes preconcebidas, para estos hijos del consumo y la tele! La ortografía es la ciencia de los burros, pero también la ciencia indispensable para alcanzar un lugar en nuestro sistema escolar, económico y social. Y precisamente, a todos los niveles, y cada vez más, es ahí donde todo el mundo se encalla. No hay nada que hacer, ¡el monstruo es ineludible! Por más que sonriera al devolver los dictados plagados de faltas, el cero se recibía mal, muy mal. ¿Qué hacer? Entonces, como es cierto que la vida nos lleva siempre donde quiere, a fuerza de sonreír, de entristecerme, de luchar, de amar, en una palabra, a fuerza de enseñar como podía, ¡encontré una respuesta! ¡En el mundo de las preguntas, encontré una respuesta! ¡Fue una suerte rara, entre otras cosas, que me eligió para posarse! ¡Esta respuesta brillaba por encima de mi cabeza y yo no la veía! ¡Latía detrás de mis sienes y no la oía! Fue necesario que un hombre, un sabio, la reconociera, la identificara y le diera un nombre: la «fosfenopedagogía». El día que tuve por primera vez entre mis manos el libro La mezcla fosfénica en pedagogía, me vi transportada por una alegría, un entusiasmo y un alivio como el que debieron sentir los miembros del equipo de Cristóbal Colón al avistar aquella nueva tierra llena de promesas, aquella tierra quimérica que se hacía realidad. En aquel océano de incertidumbre, de esfuerzos inútiles y de simpatía vana, divisé una tierra sólida: ¡un «método» de una evidencia y eficacia deslumbradoras! Y después, en el momento de probarlo, la duda me invadió: ¡todo aquello era muy bonito, demasiado bonito! ¿Y si aquella tierra no era más que una isla desierta o incluso una sarta de ilusiones, un montón de teorías coherentes, pero inoperantes en la práctica? ¡Porque lo que yo quería eran resultados tangibles! Pero al fin, entre dudas y esperanzas, me puse en marcha: me armé de confianza y empece a aplicar la «mezcla fosfénica» a los alumnos más atrasados. ¡E inmediatamente comprendí que en verdad pasaba alguna cosa! Desde la primera sesión, cada uno de estos niños o adolescentes que tomé aparte, experimentó un cambio enorme. Con palabras muy sencillas, les explicaba de qué fuente tenían que beber para superar las dificultades escolares; después, ellos practicaban la mezcla durante tres cuartos de hora. ¡Y sus rostros pronto cambiaron! De ceñudos o asustados que estaban, se convirtieron en vivos, la expresión se liberó y se encendió una chispa de interés en el fondo de sus ojos. Unos decían ¡qué guai!, otros ¡qué divertido! (y mucho mejor si algo los divierte), pero todos, todos, tenían ganas de volver a empezar. ¡Y, al partir, me miraban a los ojos para decirme adiós! Algunos obtenían unos resultados brillantes. Después de la primera sesión, Aurélien se sabía de memoria las lecciones de geografía de un trimestre entero, que había dejado de lado porque no podía aprenderlas y también, por supuesto, porque no quería. Me había venido a ver desesperado: la prueba era para el día siguiente, e hice con él algo que me parecía aberrante, empezar por un gran trabajo antes de que se hubiera familiarizado con la «mezcla». Al cabo de dos días, el maestro, asombrado, le devolvía sus deberes ¡con la mejor nota! Dos días más tarde, le expliqué el mecanismo de la división, con fosfenos. El día siguiente, sacó un 10/10 en el dictado, ¡algo que no le había ocurrido nunca! Elise, que recibía reeducación en ortofonía desde hacía dos años y medio, dio un gran paso adelante con 6 sesiones: en séptimo curso, volvió, radiante, blandiendo un cuaderno de clase en el que su maestra había escrito: Progresos espectaculares en ortografía y escritura. çnimo. Los resultados de los de menor edad eran todavía más rápidos, a juzgar por sus dibujos, que súbitamente se hacían grandes, más detallados y, sobre todo, más coloreados. En los adolescentes, los resultados son más progresivos. Sin embargo, los tres alumnos propuestos para repetir curso, de los que me encargué a principios del tercer trimestre, al final pasaron al curso superior. ¡Qué esperanza! Lo más importante eran esas ganas súbitas de luchar, de mirar de frente sus dificultades, sin pánico, sin desánimo y sin rebelarse, y de avanzar con paciencia y tenacidad. La práctica de la mezcla con los alumnos «bloqueados» me permitió reflexionar y extraer cierto número de leyes esenciales para aplicar en casos semejantes. La primera, y más importante, es ser extremadamente limitado en los objetivos inmediatos. Lo que hay que hacer es llegar a realizar un trabajo perfecto con fosfenos. Poco importa el contenido de este trabajo. No es cuestión de aprender un programa amplio: es cuestión de aprender a aprender. Pasar tres cuartos de hora para integrar profundamente las estructuras de una sola palabra o bien una lección entera, no cambia para nada el beneficio del trabajo. No hay que preocuparse por el contenido sino por la forma. Y, si es correcta, el conjunto del trabajo se hará fácilmente. Por lo tanto, nada de precipitarse: no hay que tener miedo de perder el tiempo en un solo concepto. Al contrario, si se quiere llegar al fondo de un bloqueo, hay que dedicarse durante mucho tiempo a lo que puede ser lo más fácil. El tiempo no respeta lo que hacemos sin él. Para convencerse, basta con observar la actividad de un niño pequeño. Cuando el adulto como ocurre a menudo le pone en las manos un juguete cuyo funcionamiento supera su capacidad, rápidamente lo abandona. En cambio, ¿cuánto tiempo pasará haciendo y volviendo a hacer una actividad que controla? Observemos su gravedad, el ritmo de sus gestos incansables: con esta actividad controlada, se construye su cerebro. Cuando le sale bien, acumula una energía que le permitirá, cuando esté preparado, pasar a una actividad un poco más complicada. Hay que proceder de la misma manera con la «mezcla fosfénica». El niño debe empezar por mezclar una cosa que conoce bien, después hay que introducir gradualmente nuevas dificultades. Por otra parte, nos daremos cuenta de que se pueden introducir más dificultades muy deprisa: lo esencial es empezar, los pasos de gigante llegarán rápidamente. La segunda ley es todavía más sencilla: el niño debe actuar con fosfenos. Esto significa que debe utilizar todas sus posibilidades, que debe encontrarse en situación de actor, no de espectador. Es importante que las actividades varíen a lo largo de la misma sesión. Entre otros aspectos, es esencial utilizar su inteligencia motriz para que pueda captar también la energía desprendida por el fosfeno. En pocas palabras, una misma sesión debe utilizar el repertorio más amplio de posibilidades del niño. Finalmente, hay algo que no debe pasarse por alto: es la imaginación. Por más curioso que pueda parecer, es la imaginación la que permite cualquier paso adelante, porque es ella y sólo ella la que permite que el entendimiento supere sus propios límites. Todos los grandes descubrimientos surgieron de un esfuerzo de imaginación, de un esfuerzo por liberarse de lo conocido. El trabajo de la imaginación es para la inteligencia lo que los ejercicios de flexibilidad para la bailarina. Por lo tanto, hay que utilizar el fosfeno y utilizar los ritmos para ejercitar la visualización. Los niños adoran estos ejercicios y los dominan rápidamente. Podemos ayudarlos planteándoles preguntas muy precisas sobre el paisaje, el personaje o el objeto que les pedimos que visualicen. Detalle a detalle, se vuelven creativos y esta creatividad adquiere, gracias al fosfeno, una densidad que les encanta. Este ejercicio tiene una potencia asombrosa, especialmente en los niños que tienen problemas de lectura. Estas leyes se aplican en todos los casos, pero hay otras muchas constataciones esenciales en la práctica de la mezcla con los niños y los adolescentes. No hay que perder nunca de vista que, si bien las dificultades se parecen de un niño a otro, estamos, en cada caso, ante un individuo único, y debe dejarse un lugar importante a la improvisación de las técnicas empleadas. Los obstáculos del trabajo constituyen siempre la percepción profunda del ser que está aquí y de la confianza absoluta en sus capacidades. El resto llega por sí solo. El mayor descubrimiento del Doctor Lefebure es, con mucha probabilidad, esta gran potencia del hombre cuando se sumerge en el camino de la armonización de sus fuerzas, de sus ritmos y de las fuerzas del medio en que vive. Captar y controlar las energías ambientales, he ahí el secreto, este secreto viejo como el mundo y evidentemente luminoso. ¡Rindamos pues un homenaje a quien ha sabido detenerse ante la evidencia para abrir la puerta y descubrir lo esencial! ¡Demos las gracias al ser cuya inteligencia ha sabido poner los secretos iniciáticos más poderosos al alcance de todas las mentes! Ahora nos toca a nosotros hacer circular su palabra y sembrar a todos los vientos la semilla del conocimiento y la armonía. |